LA CASAMANCE DECLARA LA PAZ

Se han cumplido tres años desde que dejé este blog a consecuencia de la falta de honestidad de quienes por entonces controlaban la cabecera de Rioja2.com y a quien dirigía casi todas mis observaciones con las que comencé a escribir aquí. Además, otro conjunto de enredos me abocaron al silencio. No era cuestión de repetir otros desengaños, así que dejé pasar el tiempo hasta que hoy leo una noticia que me ha llegado al corazón: La Casamance (Senegal), al sur de Gambia, ha declarado finalmente que la guerrilla que se había implantado durante 32 años en la región había decidido dejar la lucha armada.

Y me ha colmado la noticia porque conocí la Casamance hace siete años, en un viaje de placer por las playas paradisíacas de Cap Skirring, y desde las que realicé numerosos viajes al interior en coche o en piragua. En uno de esos viajes, recuerdo un paisaje de bosques, ríos y caminos sin asfaltar, llegamos a una aldea donde parecía reinar el mismo sentido de libertad y seguridad que ya habíamos comprobado en otras, hasta que un enorme árbol tumbado nos cerró el paso y nos obligó a bordearlo; y justo al doblar ese pequeño desvío, veo un todo terreno descubierto con varios militares armados hasta los dientes, que en la espesura me sobresaltaron cuando además observé que uno nos apuntaba con lo que a mi me pareció un potente cañón antiaéreo, por su longitud y por el brillo plateado y metálico con que refulgía.

El chófer que habíamos contratado habló un tiempo interminable con ellos y pareció que nos iban a dejar pasar, pero quien parecía el jefe de esa pequeña tropa insistió en algo. No sabíamos si eran guerrilleros o bien eran militares de la cercana capital Ziguinchor, ni tampoco sabíamos si querían papeles o querían alguna mordida. Todo pasó muy rápido, pero mi impresión es que algún dinero cambió de pantalón y poco después pudimos continuar el camino.

Es una escena que no parece muy impresionante, pues ya habíamos sido advertidos del conflicto y del peligro que suponía la existencia de minas antipersona (de hecho nos prohibieron internarnos en el Parque Nacional de Basse-Casamance), si nos salíamos de los caminos hollados, pero hay algunos detalles que ahora me llegan a borbotones. Uno es la sensación de vida placentera, tranquila y sosegada que se respiraba en la aldea, donde había mucha actividad provocada por los juegos de los niños y el trajinar de las mujeres entre las chozas. Otra es que los sonidos eran los habituales de una zona con exuberancia de fauna y vegetación, y todo ello te embebía en esa sensación de paz.

Como en muchos lugares de La Casamance donde fuimos (Ourong, Oussouye, Kafountine, M´Lomp, Elinkine), encontramos a personas que nos acogieron con tanta cortesía como si se tratara de los amigos de toda la vida. Posiblemente pertenecían todos a la etnia de los Diola, pero nunca nos hicieron ver sus diferencias frente a los Wolof, la etnia mayoritaria de Senegal. Tan sólo aquel instante del encuentro con los militares, me llevó de un salto hasta las imágenes que guardaba de documentales y películas sobre fieros guerrilleros negros, armados hasta los dientes y dispuestos a secuestrar, violar y asesinar al estúpido turista aventurero.

Volví a Senegal dos años después pero ya no pisé La Casamance.

 

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