BOGOTÁ

Estas han sido mis segundas navidades en territorio caribeño, aunque he cambiado de una isla (Cuba) al continente (Colombia) y para un observador avezado las diferencias culturales apenas son perceptibles, al menos en cuanto hace al Caribe. Otra cosa bien distinta es Santafé de Bogotá, en la cordillera oriental de los Andes, una ciudad caótica de más de ocho millones habitantes, protegida de la fuerza del viento por los cerros de Guadalupe y Monserrate, este último a 3.500 metros de altitud, mil más que la ciudad, donde dicen sus habitantes que cada día se producen las cuatro estaciones; y es cierto, porque si por la noche no sobra el edredón, por el día te abrasas al sol. A mi me cogió una tarde el otoño con la camisa empapada y allí  empecé a incubar el trancazo que tengo ahora mismo.

De los días que pasé allí,un domingo lo dediqué a entrar gratuitamente en los museos del oro y de Botero, paseándome por la plaza Bolívar donde se encuentra la Catedral Primada, el Palacio de Justicia (famoso por el asalto del movimiento 19 de abril que mantuvo a cerca de 350 rehenes entre magistrados, consejeros de Estado, servidores judiciales, empleados y visitantes en 1985, y que finalizó con la toma del Palacio por los tanques del ejército), el Palacio Liévano y el Capitolio Nacional. Por sus calles atestadas de gente y de multitud de vendedores ambulantes llegué al Barrio de La Candelaria, de calles angostas, construcciones coloniales (s.XV al XVII), museos, teatros, iglesias y un ambiente bohemio donde disfrutar de buena música y mejor café.

 

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