FUMBAN

Aquella mañana tras un desayuno a base de café en sobrecito, leche en polvo y un poco de pan con nocilla nos hemos puesto de nuevo en camino hacia Fumban. Tiene gracia que en un país productor de café no podamos disfrutar del mismo y tengamos que tomar ese polvo liofilizado creo que importado de Suiza, pero, en fin, el desayuno no iba a ser lo peor de aquella mañana pues llovía intensamente, prácticamente jarreaba. Afortunadamente paró cuando llegamos a nuestro destino.

Fumban es una ciudad de Camerún, situada a 70 km al nordeste de Bafoussam. Considerada en Camerún como la Ciudad de las Artes, Fumban es la capital del Sultanato Bamún y uno de los centros artesanales de África.

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No ha sido muy largo el trayecto y ya desde la entrada vemos cantidad de puestos de mercado, primero junto a la estación de autobuses y después junto al palacio donde reside el Sultán de Bamún, y donde nos bajamos para realizar la visita al Museo situado en un lateral del propio palacio. El museo del palacio cuenta la historia de la dinastía de reyes Bamún, desde 1394 hasta la actualidad, con información sobre el más famoso, Ibrahim Njoya, que murió en 1933, después de haber creado a finales del siglo XIX, un alfabeto, un lenguaje secreto y una religión inspirada en la Biblia y el Corán.

Un gran arco se abre hacia el patio donde hay una estatua del rey Njoya, constructor del palacio, y un gran baobab en cuya parte trasera surge la escalera que da acceso al museo. En este patio ha sobrevivido una pared vieja, donde se encuentran escritos en orden cronológico los nombres de los diferentes reyes y sultanes que gobernaron bajo la tutela del administrador colonial (alemán y francés).

El Museo de Fumban, cuenta la historia de uno de los reinos más antiguos de África, a través de más de tres mil objetos de arte y objetos históricos de la cultura Bamún. Vale la pena porque se pueden ver los tesoros del museo, de las artes tradicionales y de la cultura (máscaras, recipientes para calentar el vino de palma, objetos de rafia, muchos grabados de notables por los que el rey reconocía su valor en la guerra.  En sus vainas talladas contenían sapos, símbolos de fertilidad, arañas, y símbolos de la pasión o el trabajo o la sabiduría, monos o serpientes de dos cabezas. Muchos frescos tallados recuerdan las guerras contra los Fulani y escenas de vida tradicionales Bamún: principalmente la guerra, el matrimonio y las ceremonias reales.

El Bamun, pueblo orgulloso y guerrero, acostumbraba a decorar su escudo con las mandíbulas inferiores de sus oponentes, tal y como se exhiben en el museo, junto a dobles campanas cuyo sonido estimulaban al combate a los guerreros, y cotas de malla. Sorprendentemente, las mujeres iban a la batalla igual que los hombres. Muchos cráneos de animales aparecen en las diferentes salas del museo, incluyendo algún hipopótamo muy impresionante. Son cráneos que los cazadores ofrecían como un presente al rey. La ropa tradicional está decorada con perlas, y caracoles y, por supuesto, no faltan junto al trono los enormes colmillos de elefante de más de 150 kg.

El guía nos fue muy útil para descifrar los significados de las esculturas que nos recuerdan que el pueblo Bamún conocía los secretos de la forja antes de que llegaran los alemanes; sin embargo, las salas que alberga el museo son demasiado estrechas y apenas permiten exponer un tercio de los más de 12.500 objetos que posee. Además, en el interior del palacio no sólo reside el sultán y su familia, sino que allí se reúne el tribunal de justicia tradicional, que se ocupa no sólo de los problemas locales, sino también a las bodas.

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Por esto el actual sultán Ibrahim Njoya Mbombo, décimo noveno de esta dinastía, llevado por el deseo de salvaguardar esta rica herencia dejada por sus antepasados, ha llevado a cabo la construcción de un nuevo museo lo suficientemente amplio como para sostener todos los objetos de la colección. Todavía en construcción cuando nosotros giramos visita, se encuentra al lado del actual palacio museo y su arquitectura representa en un conjunto los símbolos del escudo de armas del Reino, como son la campana doble (símbolo del patriotismo), la araña (símbolo del trabajo) y la serpiente de dos cabezas (símbolo del poder del reino).

La visita ha sido larga y minuciosa y a la salida nos han obsequiado cinco músicos con sus instrumentos tradicionales que han tocado un tema de boda, de modo que he terminado comprándoles un CD.

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A continuación, Abdoulah nos ha presentado a quien nos guiaría por el mercado hasta donde trabajan los artesanos locales. Nos han enseñado los pasos que dan hasta lograr el objeto que en buena medida acaban en mercados occidentales.

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En un lateral del mercado se encuentra la casa de los tambores, utilizada por el rey para convocar a su pueblo y reunirlo en la plaza o en el patio del palacio.

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CUMPLEAÑOS

Muchas gracias a todos los que me habéis deseado un feliz día de cumpleaños porque así ha ocurrido. Y eso que había dormido mal por culpa del menisco roto y el ligamento cruzado anterior, que a eso de la cuatro de la madrugada me ha despertado con su latigazo habitual, aunque entresueños y medio despierto me he levantado tarde, muy tarde. Así que tras las prácticas matutinas de aseo y desayuno, las cuales me consumen también su tiempo, me he puesto a leer la docena de portafolios que me quedan por evaluar. Vana intención, porque los toques de atención del móvil a donde llegaban intermitentemente avisos de mensajes de felicitación me distraían, al punto que, tas el segundo portafolio evaluado he colgado los trastos y me he dirigido al mercado Patricia donde me esperaba, por fin, una lubina salvaje. Era muy grande y tenía una pinta deliciosa, como luego demostraría tras asarla sobre una cama de patatas y cebolla.

Mi intención era darme un homenaje gastronómico y, además, en compañía de una mujer amada, así que incluí en la compra atún rojo y mejillones. Por suerte, otra amiga se dejaría seducir por la misma oferta y entre los tres dispusimos en la mesa los mejillones a mi manera; es decir, con aquellas verduritas desparramadas por el cajón del frigorífico, y que previamente apochadas y aderezadas con una cayena y un poco de Tío Pepe, sirven de colchón para abrir esos mejillones que me ha costado tanto limpiar de cuerdas y caracolillas. En esas estaba cuando me ha llamado alguien para felicitarme y, como se hubiera apagado el móvil sin darme tiempo a contestar, me señalan que quien llamaba era mi novio, es decir mi pareja de investigación sociológica, pero que con el paso de los años ha pasado a ser otra de mis parejas de hecho.

Cuánto se aprende cocinando con dos expertas cocineras. Las poquitas cosas que se hacer las he aprendido de aquellas mujeres que han compartido conmigo sus conocimientos y su experiencia y, curiosamente, ninguna perteneciente a mi entorno familiar (abuela, tias o madre), que educadas en el patriarcado, nunca admitieron que sus habilidades culinarias fueran propias del género masculino. Viene esto a cuento de cómo hemos sellado el atún rojo sobre una vinagreta de puerro, cebollla y jengibre. Estaba de muerte.

Además he recordado que en la estrecha bodega del armario aún guardo unas botellas de cava, no de estas navidades (cuando quisimos brindar con un espumosos la nochevieja camboyana y, tras muchas pesquisas, encontramos algo en una gasolinera, pero fue intomable aquel líquido que alguna vez quiso ser algo parecido a una sidra rosada), sino de hace más de tres navidades, las que llevo viajando en los últimos años, Cuba, Colombia y, ahora, lejos del Caribe, Camboya/Thailandia. El cava envuelto en un trapo húmedo lo hemos metido en el congelador y, cuando lo hemos descorchado para acompañar la lubina, se ha mostrado con la misma ligereza burbujeante de los mejores cavas.

Y ya metidos en faena, disfrutando de manjares y copas, nos hemos liado a hablar de mi cumpleaños, de las edades, de la esperanza de vida al nacer, materia que domino y que me he apresurado a introducir en la conversación con tal de alejar de la misma las confesiones vitales que no han tardado en aparecer. Es lo que tiene cumplir años, que inevitablemente miramos hacia atrás, hacia los años cumplidos y no hacia los años por cumplir, los cuáles sabemos que cada vez son menos y más inciertos que los pasados. Nos gusta rememorar los episodios más gratos que hemos almacenado en el disco duro de nuestros recuerdos para compensar de este modo las pérdidas y las carencias del presente. De algún modo celebramos la vida y nos sentimos felices.

Con las milhojas y el café ha llegado el cigarrito, para ellas, porque yo llevo algo más de dos meses sin fumar tabaco y esta vez es seguro que no volveré a distraerme aceptando un cigarro. Hemos cambiado a  Nina de Morgan por Jhonny Cash y luego blues y bluseros, y así hemos consumido la sobremesa, que no he podido alargar porque ambas tenían obligaciones familiares. Besos y adiós.

He recogido en un plis plas el campo de batalla culinario, y mientras el lavavajillas hacía sus funciones me he tumbado a leer Patria de Fernando Aramburu (gracias churri por el regalazo). Estoy tan pillado que casi me falta tiempo para dejarlo, pues de una tumbada y hasta las ocho que he quedado con mi hermana para ir al teatro he leido 120 páginas. Y estoy pillado porque después de haber leído la trilogía de Ramiro Pinilla, Verdes valles, colinas rojas, sobre el origen mítico de los vascos y su construcción identitaria no pensé que se pudiera leer algo nuevo o destacable. Curiosamente Ramiro Pinilla cierra su trilogía con la llegada de ETA y no hace sino introducirla, pero quien estoy leyendo que logra destacar precisamente este tiempo, desde que aparece ETA hasta el momento actual, es Fernando Aramburu. Y tengo todo el domingo para seguir con Patria, que como le ha ocurrido a otras, me ha obligado a dejar los tres libros que tenía abiertos a la espera de terminar este tan absorbente.

Pero el día no acababa con la lectura de Patria. Me esperaba Serlo o No para acabar con la cuestión judía, de Jean-Claude Grumberg, dirigida e interpretada por Josep María Flotats y acompañado de Arnau Puig, en el teatro Bretón. Hemos disfrutado con una obra excelente que trata dela identidad colectiva y de la personal, de la religión, la política, la ética y la moral y, de paso un repaso a la historia. Flotats interpreta a ese judío ateo, que magistralmente se dirige a su vecino Puig, algo bobalicón y manipulado por su mujer adicta a Internet, que bien puede ser el espejo del público que escucha en silencio las conversaciones sostenidas en el descansillo de un portal. Con ese buen sabor de boca que nos ha dejado la obra, nos hemos ido para casa, no sin antes libar algo por San Juan. Besos y adiós.

En casa ya cerrando el día me he sentado a ver los goya de cine en la tv, al tiempo que me embriagaba con una pequeña flor de cannabis que me han regalado. Cuando he llegado a la cama ya no tenía ni sueño ni cansancio, de modo que he atacado otra vez la novela de Aramburu, hasta que el sueño me ha vencido.

Un día muy feliz de cumpleaños. Muchas gracias amig@s

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EL REINO DE BANDJOUN

Tras abandonar las cataratas sagradas de Ekom, nos dirigimos hacia el “País Bamileké” donde haríamos una parada antes de continuar ruta hasta el valle de Noun para pernoctar. El reino de Bandjoun es una región poblada (habitada por varias tribus Bamileké -unos 200.000 habitantes-), y rica, gracias al comercio transatlántico con el golfo de Guinea, pues no en vano está cerca del puerto de Douala frecuentado por portugueses (desde 1472), holandeses (s.XVI al XVIII), ingleses (s.XVIII y XIX) y alemanes (fines del XIX y principios del XX).

Este pueblo, agricultor, artesano y comerciante combina la vida moderna con el respeto por las estructuras tradicionales de poder, en torno al Fon (Rey o jefe tradicional), y la Chéfferie (Palacio Real).  Las chefféries es la forma en que la sociedad tradicional bamileké está organizada. La vida social y política gira en torno al fon, que a su vez tiene a su alrededor a sus consejeros y nobles. Este, ejerce funciones los poderes judicial, administrativo y religioso al mismo tiempo, y es el referente social a todos los efectos. Gobierna rodeado de consejeros, sociedades secretas y sirvientes reales, que se asientan en una serie de construcciones con techumbre piramidal.

El centro simbólico del poder es el palacio, reflejo de la cosmología bamileké. Éste se veía desde fuera (no podíamos entrar). Además, están la Casa de la Palabra, las casas de las 50 esposas del jefe, la casa de los fetiches y el bosque sagrado que sólo pudimos ver de lejos (también está prohibido entrar).

Donde sí hicimos parada y visita fue en la Casa de la Palabra o Parlamento Bamileké. El Parlamento, construido o mejor dicho reconstruido en 2005 después de un gran incendio, es un edificio de 25 metros de altura, enteramente de bambú y techumbre gigante de paja, con enormes columnas de madera talladas con figuras realizadas por artesanos de Bandjoun. En su interior no hay luz eléctrica y la sala central que ocupa casi toda la planta, sólo tiene un par de puertas por donde penetra algo de luz del exterior. Aquí es donde se reúnen los sabios, tanto en una gran fiesta anual, como en las ocasiones en que han de ejercer justicia, o cuando el fon muere y hay que decidir sobre la sucesión al trono.

Cuando salimos, un guía nos presentó el museo etnográfico, construido entre el Parlamento y el palacio del rey, que reúne multitud de piezas bamileké. Son objetos con funciones religiosas, políticas y sociales y donde destacan los tronos reales con formas de leopardo o mono, taburetes, calabazas y ropajes rituales todos perlados, una gran muestra de su laboriosidad y belleza. Para evitar hacer fotos en el interior, logré adquirir uno de los pocos ejemplares que les quedaba en francés con el catálogo del Museo de Bandjoun y que está comentado por antropólogos cameruneses de prestigio, lo cual me garantizaba una lectura entretenida para el resto del viaje.

El origen del pueblo de Bandjoun parece que procede de su conocimiento de la fabricación de metales; es decir, ellos poseían el fuego y la inteligencia y por eso se hicieron poderosos y dominaron un extenso territorio tal y como muestran en el comienzo de la visita al museo. Sin embargo, otros nos dijeron que Bandjoun significa hombres que compran, porque al estar entre Douala y Yaounde son los que comercian.

Acabada la visita y con una lluvia intermitente nos dirigimos en la furgoneta al valle de Noun, alojándonos en el hotel Paradise, que, si alguna vez lo fue, en aquella ocasión era ya un paraíso totalmente deteriorado. Para colmo me encuentro en la cama con sábanas usadas, una luz mortecina y suciedad. Pero esto es África y no quiero ser el europeo quejica, así que me desnudo y me ducho como puedo, antes de reunirme con todos para cenar y contarnos anécdotas sobre otros viajes que mis compañeros han realizado por todo el mundo.

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EL TREN DE YAOUNDE A NGAOUNDERE (CAMEROUN)

La madrugada de ayer sábado me despertó el sonido del WhatsApp cuando uno de mis compañeros de viaje nos informaba de un terrible accidente ferroviario en Cameroun, preguntándose por la suerte de nuestro guía y amigo Abdoula, que utiliza habitualmente este medio de transporte, pues es el más efectivo para viajar desde la capital.

Afortunadamente no viajaba en el mismo y, además, la ruta de este tren accidentado era de Yaounde hacia el puerto de Douala y no hacia el norte, que es el destino que utilizamos en nuestro periplo viajero.

Leo hoy en las noticias (http://www.lemonde.fr/afrique/article/2016/10/22/cameroun-au-moins-70-morts-dans-le-deraillement-d-un-train_5018659_3212.html), que ha habido al menos 75 muertos y entre 500 y 600 heridos. El tren de la compañía Camrail, que tiene por accionista principal al grupo francés Bolloré, llevaba alrededor de 1.300 personas en los nueve vagones de los que se componía este convoy.

Es el mismo tipo de convoy ferroviario que tomamos nosotros, aunque en dirección norte hasta Ngaoundere, capital de la provincia de Adamawa, y desconozco cuánta gente viajaba en aquel tren de dieciséis unidades. En Yaounde una vez te acercas a la entrada, los viajeros se ordenan en filas, mientras los guardias controlan los billetes y ya no pasa nadie más (excepto los maleteros), pero en Ngaoundere la entrada supuso una batalla entre la multitud que se agolpaba en el exterior, a la espera que la minúscula puerta custodiada por guardias se abriera y nos diera paso. Y eso que nosotros éramos privilegiados por viajar en coches litera y no en el resto de los vagones, tan saturados como para observar gente apretada y semidormida sentada en los descansillos y pasillos.

Cuando logramos subir al tren, así como todos los bártulos que nos acompañaban (colchonetas, sacos de dormir, maletas, bolsas y mochilas), echamos a suertes las literas. Teníamos dos departamentos en cada uno de los cuales se apiñaban cuatro literas y otro departamento con dos literas. La duda entre personas que no se conocen y tienen que dormir en un pequeño cubículo es saber quién ronca, algo para lo que iba preparado con tapones y gafas procedentes de un viaje con Renfe.

Mientras esperamos que arranque el convoy (salía a las 7:15 de la tarde), paseamos por la estación mientras el manto de la noche nos va cubriendo (aquí oscurece a las seis). En las estaciones, está prohibido hacer fotos al ser consideradas “estratégicas”, como también ocurre con los puentes, las estaciones de energía o los peajes (mordidas) en la carretera donde hubiera militares.

Nos habían dicho que el tren podía tardar teóricamente unas doce horas, normalmente entre dieciséis y diecisiete para realizar los 800 kilómetros, por lo que nos habíamos aprovisionado de viandas y bebidas en un mercado camino de Yaounde, y donde nuestras compañeras hicieron las delicias de todas con su invitación a bailar, tarea a la que se brindan las camerunesas sin rubor. Cuando hicimos el trayecto de vuelta compramos una bandeja de desayuno para cada uno con pan, mantequilla, fruta, queso y té o café que en este coche te ofrecen, dada la saturación que observaba el coche restaurante.

La noche en una de las literas altas ha sido una pesadilla, gracias al aire acondicionado roto que no dejaba de envíame un soplo frío. Además, como no estoy acostumbrado al fuerte traqueteo de los viejos convoyes, te despiertas cada dos por tres, momento en que aprovecho para taparme y darme la vuelta en la mini litera; así, hasta que a las siete me he levantado y me he aseado un poco en el servicio, por cuyos sanitarios, pese a que son intermitentemente limpiados, me imaginaba habían pasado una legión de apurados y estreñidos.

Me advierten que llevamos un retraso de tres horas sobre el horario previsto y, no me extraña, pues en ese momento hacemos una parada interminable en una estación donde multitud de vendedoras de miel, mandioca, panecillos dulces y artesanías se acercan a las ventanillas con la esperanza de realizar negocio.

Aprovecho la parada para realizar algunas fotos que ilustran este recuerdo del tren de Yaounde hacia el norte, y que he recordado ahora tras recibir la noticia del desgraciado accidente del convoy hacia Douala.

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DOUALA-MELONG

En Douala, capital económica de Cameroun, no para de llover. Estamos en la época de lluvias (de abril a octubre), y a pesar del verano y las temperaturas tropicales, el chaparrón intermitente ha creado numerosos agujeros y baches en las carreteras de tierra que algunos chavales se animan a cerrar con paletadas de tierra a la espera de la moneda que los conductores les pudieran dar en agradecimiento.

Tras un desayuno abundante hemos cogido la furgoneta que nos traslada hasta el embarcadero donde tomaremos una piragua para hacer una excursión fluvial por el río Wouri, el “río dos camaroes” o de los camarones (gambas), mítico río por donde penetraron los primeros exploradores portugueses en el siglo XV, y que dio lugar a la denominación de los cameruneses.

En el embarcadero vemos la gran actividad extractiva de arena para la construcción , con piraguas y pértigas, dada la poca profundidad del río Wouri. Allí hemos tomado un refresco a cubierto mientras no dejaba de llover aunque ya nos hemos acostumbrado a mojarnos con los fuertes aguaceros y secarnos en cuanto para de llover y sale el sol. En el embarcadero hemos conocido a un rastafari que va a ser nuestro guía y cocinero en Bonendale, una localidad donde de modo disperso se agrupan las casas de pescadores y artistas, algunos con reconocimiento en el mercado europeo del arte.

Me han sorprendido los enterramientos de los douala o sawa, que debido a las diferentes creencias que conviven en Bonendale son de diferentes características, eso sí, siempre erigidas delante de las casas que habitaron. Algunas casas ya abandonadas tras la muerte del propietario se encuentran como las tumbas llenas de maleza y árboles que las invaden junto al musgo que trepa por sus paredes. Es todo un espectáculo ver las influencias religiosas de los diferentes propietarios en la construcción de sus tumbas observando diferencias entre evangelistas, musulmanes, cristianos y animistas, que igualmente disponen de diferentes templos . Admiro no sólo su respeto religioso, sino su modo de entender el mundo, la vida y la muerte.

Almorzamos en casa de la familia rastafari, al aire libre y con música reggae. La hija me enseñó de donde procedían algunos de los alimentos que íbamos a comer y cómo se manipulaban. Sobre la mesa se acumulan los platos de pollo y pescado junto a una verdura parecida a la espinaca, ensalada de zanahoria y cebolla y las patatas fritas. De postre la omnipresente piña, el mango, la guayaba, etc.

Tras el almuerzo volvimos a la carretera siguiendo la ruta hacia las tierras fértiles del oeste de Cameroun. La región suroeste fue donde se asentaron los colonizadores alemanes en el siglo XIX debido al buen clima (ausencia de paludismo) y a la fertilidad de la tierra (región volcánica). Las etnias de la zona son de habla bantú, y pertenecen a las etnizas Bakossi y Mbo. En el camino hasta Melong, capital del café camerunés y donde nos disponíamos a dormir, nos tropezamos con numerosos puestos de fruta fresca (piña, guayaba, plátano, sandías, papaya, cítricos, etc.).

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VIAJAR

Viajar es para quienes pueden viajar, porque de entrada no todos pueden viajar, sólo los occidentales y los ciudadanos de países reconocidos por éstos, y aun éstos últimos con dificultades, pues sus gobiernos pueden denegarles el pasaporte, y los gobiernos de los países de destino el visado. Y si pasan esos filtros administrativos, aun tienen otros que salvar como demostrar solvencia económica, adquirir plazas hoteleras y todo aquello que permita valorar que no se van a quedar una vez finalice el plazo establecido en el visado de entrada. Todos sabemos que los papeles que rellenamos en frontera no son sino una sarta de mentiras que necesariamente hay que firmar y que justifican la mala gestión administrativa, y así y sin empacho podemos decir que aceptamos todas las normas consuetudinarias, que no somos extremistas ni fundamentalistas, que venimos de visita y no a trabajar, así como todo  lo que les venga en gana a sus iluminados consejeros. Lo importante es declarar nuestro ánimo de contribuir a las arcas del país al que te diriges y que una vez agotados los recursos económicos nos iremos por donde llegamos porque de lo contrario nos declararán ilegales, carne de cárcel y expulsión.

Es verdad que hay muchos que consiguen pasaporte, visado y hasta disponen de recursos económicos para viajar seguros, pero sabemos que según sea el origen nacional algunos tienen vedados aeropuertos, puertos y estaciones. En este caso toman la incierta aventura de la inmigración irregular, pagan a los coyotes que les embarcan en botes inundables o piragüas de la muerte encomendándose a la naturaleza con la vana esperanza de llegar a la Europa que tanto han contemplado en las televisiones, gracias a los satélites de esas mismas potencias que ahora les niegan el paso.

Yo quería ir al Golfo de Guinea, concretamente a Douala (Camerún) y el viaje barato (low cost) consistía en coger la compañía Turkish Airlines que además de financiar el mundial de fútbol parece que también tenía dinero para una revista de papel couche de alto gramaje y fotografías a color de gran tamaño con el  desarrollo del autogolpe militar de Recep Tayyip Erdoğan  ofreciendo a los pasajeros de la línea  un recorrido visual desde las primeras noticias que aparecieron en occidente hasta el triunfo del eufemísticamente denominado moderado islamista Erdoğan. Toda la revista es patética y se encuentra en la línea publicitaria con la que se envuelven otros moderados dictadores y/o militares. Pobres millones de viajeros que una vez pensaron llegar a Europa y se quedaron a vivir en los campos de concentración turcos.

Me dicen que gracias a los vuelos baratos hay más gente que viaja a otros lugares del mundo, y puede ser cierto porque en los viajeros se cifra el beneficio de las compañías aéreas, pues aumentando la clientela lograron competir con ventaja frente a los compañías tradicionales cuyos resultados no están sólo función del número de pasajeros sino en función de los servicios prestados, por ejemplo mediante la distribución de los asientos creando un espacio por butaca superior a las lineas low cost, o destinos sin escalas o bien un tratamiento individualizado de los pasajeros, eso sí, distinto a los VIP, y los menús. Una estrategia reconocida fue limitar el número de aceitunas en los menús, lo que permitió un ahorro sustancioso en las cuentas de resultados al cabo de un año. Curiosamente  me fijé en que Turkish Airlines utilizaba en su menú dos aceitunas, una verde y una negra, todo medido con exactitud matemática para que las plusvalías sean las más ajustadas según criterios financieros de cada compañía.

Hoy día, con la crisis financiera muchas de aquellas compañías tradicionales cambian de estrategia y deciden la fusión entre ellas o su diversificación estructural uniendo a su flota de vuelos tradicionales otra flota de vuelos low cost, de modo que todas compiten en las mismas condiciones, con sus flotas de locos y de vuelos tradicionales, de modo que se organizan en torno a la demanda de dos tipos de pasajeros en función de su capacidad adquisitiva. A unos los consideran como de valor añadido y a otros los consideran de segunda clase embutiéndolos en paquetes turísticos del “Todo incluido”.

Y luego están los aeropuertos, elementos que hasta ahora se consideraban subsidiarios de la implantación de líneas aéreas o vuelos regulares, pero que  con la publicidad del miedo y la paranoia del terrorismo han pasado a ser un elemento crucial en el gran negocio del viajar. Todos los pasajeros nos hemos visto de un modo u otro obligados a pasar por controles infames y humillantes y además obligados a pasar varias horas del viaje en estos interminables hormigueros humanos cuya única salida es la llamada del embarque, y donde la única opción vital que se ofrece es la del consumo. Con una clientela fidelizada durante horas, los aeropuertos se han convertido en un objetivo financiero y comercial de primer orden. Además el negocio estaba asegurado desde el momento en que construidos y pagados por los contribuyentes han sido malvendidos a grupos financieros, unas veces aduciendo pérdidas y otras ensalzando la eficaz gestión privada, ahora bien, sin la pesada carga de los trabajadores, los cuáles nunca entran en los acuerdos como no sea para  atender a sus despidos.

 

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FILANDIA la hija del Ande

Esta mañana he observado con espanto que el último paquete del mejor café colombiano está dando sus últimas boqueadas, y he recordado que lo conseguí tras interrogar a muchos paisas de Pereira, La Tebaida o Armenia, por el nombre del pueblo más afamado en el eje cultural cafetero: Filandia

Filandia es un municipio colombiano situado al norte del Departamento del Quindío, de algo más de 13.000 habitantes que, antes de su fundación, estuvo habitado por una parte de la tribu indígena de los Quimbayas. Cuando llegamos al lugar sorprende el paisaje verde de colinas donde conviven las explotaciones ganaderas con el cultivo cafetero.

También sorprende la arquitectura colonialista, con casas de dos pisos construidas con paredes de Bahareque y materiales vegetales como la Guadua (una especie de bambú de grandes dimensiones que lo mismo se utiliza en construcción, que como quitamiedos o para vallado de fincas), el Arboloco y maderas finas (nogal, cedro, etc.), con múltiples puertas y ventanas y fachadas de vivos colores perfectamente combinados.

Las calles parecen salir de un escenario donde el tiempo se ha detenido, sólo roto por los miradores situados estratégicamente para contemplar el horizonte verde, y donde destaca uno de siete pisos de madera y 27 metros de altura (la colina iluminada del Quindío), que ofrece visibilidad a decenas de municipios, no sólo del Quindío, sino del de Caldas, Risaralda y valle del Cauca.

Sus calles coloridas albergan multitud de artesanos, destacando la cestería por el pasado del canasto recolector de café, pero donde abundan, por supuesto sus cafés. Antes de recorrerlos, he aprovechado para comer la tradicional bandeja paisa en un local de la plaza Bolívar, lugar céntrico de reunión donde se encontraban aparcados los tradicionales Jeeps Willys, quizás porque la temporada recolectora (de octubre a noviembre) ya había pasado. La bandeja paisa se compone de frijoles (como el caparrón de Anguiano), carne molida, tocino, chorizo, arroz, un huevo frito, plátano macho, arepas de maíz y un trozo de aguacate. En resumen, un plato muy fuerte apropiado para los trabajadores de los cafetales, cuando recolectan a diario y por largas jornadas los granos de café, a mano, uno por uno, una vez que están rojos y maduros. Es un trabajo muy pesado (puedo atestiguarlo por los quince minutos que probé), si tenemos en cuenta que ellos trabajan de seis de la mañana a cinco de la tarde, seis días a la semana, ganando muy poco y en función de lo que se recolecte.

Tras la comida busqué quien me ofreciera el mejor café tinto de Filandia. Llaman tinto a un café ligero y corto que puede endulzarse con panela y que permite beber varias tazas (según me contaron, más de cinco es adicción); pero mi dosis cafetera había llegado a su fin y tan sólo lo degusté a instancias del vendedor, poco antes de hacerme con varios paquetes del café llamado La Gaviota (nombre de la protagonista de una famosa telenovela “Café con aroma de mujer” y que se rodó en Filandia). La telenovela, de gran éxito en Colombia, es la historia de un amor entre una recolectora de café a la que apodan Gaviota y Sebastián Vallejo, perteneciente a una distinguida familia cafetera que obviamente no acepta sus amores. Gaviota, que siempre había cuidado de entregarse a un hombre, soñando con encontrarse alguna vez con un príncipe azul, ve en Sebastián a ese príncipe, y se le entrega. Por medio, otros personajes que intrigan para impedir este amor. Vamos, como la Lucecita preconstitucional en la radio nacional.

 

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