HOMBRES CONTRA LA VIOLENCIA MACHISTA

Sabemos que la desigualdad tiene su origen en pautas culturales, sociales y religiosas que perpetúan la condición de inferioridad que se otorga a la mujer en la familia, el trabajo y la sociedad. Y si asistimos a un cambio y transformación de la masculinidad es gracias a las conquistas de la revolución feminista y a los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia.

El reconocimiento de la dignidad humana implica considerar que varones y mujeres nacemos como sujetos iguales en derechos y deberes, que podemos desarrollar las mismas capacidades y habilidades, realizar las mismas tareas productivas y participar paritariamente sin otras diferencias que las que provienen de nuestra individualidad. En este momento es necesaria una actitud solidaria entre ambos géneros que permita que las relaciones en el ámbito doméstico sean simétricas e igualitarias a través de la  incorporación de los hombres a las tareas del quehacer doméstico y las responsabilidades familiares.

El ámbito privado o doméstico es donde mejor se expresan los logros acerca de la igualdad entre los géneros, porque si bien algunos hombres han emprendido la ardua y costosa tarea de equiparar su dedicación en condiciones de igualdad a la mujer (dadas las resistencias del conjunto de los hombres, como de aquellas mujeres que ven en la apropiación del espacio privado y doméstico por parte de los hombres una pérdida de su identidad de género), también es cierto que este sigue siendo el espacio de poder de la mujer, el espacio donde mejor se expresa la relación patriarcal de una sociedad dualizada, que ha cedido el espacio público, fuente de recursos y poder, a la primacía del hombre. Así mismo son necesarias las políticas institucionales que revaloricen el trabajo reproductivo (cuidado de la infancia, personas enfermas y mayores…) e impulsen un reparto equilibrado de la carga de trabajo entre varones y mujeres. Entretanto se puede hablar de coexistencia de múltiples situaciones, desde las propiciadas por un proceso de aculturación de género y adopción de roles masculinos, hasta las más tradicionales y conservadoras que mantienen la “jornada interminable” y el eterno status de género domesticado.

Mientras esto no se produzca seguiremos percibiendo a multitud de hombres que no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales, continuando instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género, tanto en el ámbito público como en el doméstico, que ha conducido en muchos casos a un aumento de los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Y es que la violencia contra las mujeres no ha cesado en los últimos años pese a que la lucha por la igualdad ha tomado carta de naturaleza en la sociedad. La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.

Sabemos que para el conjunto de los varones no es fácil aceptar públicamente la violencia y la desigualdad si no son ellos quienes la han promovido. Frecuentemente no la viven tanto como un conflicto individual cuanto como un conflicto social, enmarcado en la agresión a su propia identidad e imagen social como colectivo genérico. De ahí que sea necesario que los hombres como colectivos asuman su responsabilidad en la existencia de las desigualdades y la violencia. Hace falta políticas de igualdad dirigidas a los hombres que faciliten el cambio hacia posiciones más favorables a la ruptura con el modelo tradicional masculino. Hacen falta referentes sociales que nos permitan superar el machismo atávico, porque de ese modo ganaremos en autoestima y desarrollo personal, nos reencontraremos con nuestras emociones, ganaremos en autonomía personal y funcional. Tendremos una sexualidad más completa y satisfactoria y ganaremos en salud. Descubriremos una nueva paternidad más cercana, responsable y solidaria. Disfrutaremos de mejores relaciones de pareja y, sobre todo, nos convertiremos en personas más justas y solidarias.

A esa tarea se emplaza a todos los hombres contrarios a la existencia de desigualdades de género y  contra la violencia machista, en la convocatoria de una Rueda de Hombres que tendrá lugar en la plaza del Ayuntamiento de Logroño el jueves 21 a las 19,30, bajo el lema “EL SILENCIO NOS HACE CÓMPLICES. VIVAMOS SIN VIOLENCIA”,  y que nos permitirá manifestar nuestra voluntad de acabar con la desigualdad y la violencia de género, fortaleciendo la visibilización de otra masculinidad.

SEXO EN PRIMAVERA

Esto lo escribí el pasado veinticinco de marzo de 2010 después de asistir en el Ateneo a un debate sobre Foucault y la inmanencia del poder

Ha llegado la primavera, el momento en que la naturaleza transforma los capullos en flores y en el que las hormonas parecen despertar de su letargo invernal. Pero no es de sexo exclusivamente de lo quiero hablar, sino del cuerpo, de la percepción que tenemos del cuerpo, de la conciencia que tenemos de nuestro cuerpo. Hay gente que todavía no ha descubierto su cuerpo porque no lo encuentra o percibe, o porque no le gusta, porque quiere modificarlo, porque no se identifica, porque se mira en otros cuerpos, en los modelos de juventud de belleza estandarizada y no en el suyo.

Y es que los cuerpos, como la sexualidad o el pensamiento, se han visto sometidos a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron. Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), y el inicio de la era del “biopoder” donde se conjuga el ejercicio del poder con el diciplinamiento de los cuerpos y la regulación de la población. El biopoder es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo y su mejor estrategia será el dispositivo de sexualidad. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.

A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan éstas limitaciones, no por ello podemos dejar de observar que este alineamiento estratégico ha permanecido y permanece en los intereses y manifestaciones sexuales de muchos individuos, no cómo una opción elegida, sino como la única posibilidad de vivir la propia sexualidad y de cómo debe ser vivida por los demás. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad. Si hacemos caso de Claude Lèvi-Strauss, el tabú del incesto es el origen de toda sociedad y en todas encontraremos algún tipo de regla o norma que prohíbe mantener relaciones sexuales con ciertos parientes. Ahora bien, ni las normas son iguales en todas partes, ni la determinación del grupo de parentesco, ni la terminología que identifica a los parientes, por lo que estamos hablando de una construcción social más basada en la prohibición y en la restricción de las relacione sexuales.

La biopolítica en el ejercicio del poder, determina la funcionalidad de los cuerpos gobernados, instruyendo (disciplinando) acerca de los deseos y las manifestaciones afectivas y sexuales de modo que estos respondan a los cánones establecidos de carácter productivo y reproductivo. Frente a estas limitaciones que reducen las experiencias sexuales al área genital y a la relación coital, se encuentra la subversión de los cuerpos, que mediante el ejercicio de una sexualidad libre, aumenta nuestra capacidad de comunicación, afectividad, placer, complicidad y ternura.

Señalaba mi amiga Victoria Hernando hace unos años (Giró, 2005), que  las actitudes hacia la sexualidad, las preferencias y las manifestaciones afectivas y sexuales se han convertido en la cuna de numerosos mitos y mensajes sociales que tanta discriminación y daño han causado a hombres y mujeres. Así, por ejemplo, el hombre debía de manifestarse siempre dispuesto a la relación sexual y coital, siendo el responsable de tomar la iniciativa y parecer experimentado aunque no lo fuera. Debía permanecer fiel a un modelo que le atribuye vigor, fuerza y la responsabilidad del orgasmo propio y de la pareja. Su imagen debía ser la de alguien racional, ambicioso, controlador y protector que sabe lo que hay que hacer en cada momento. Acorde con éste retrato robot la hombría se demostraba más adecuadamente si se tiene éxito social o se persigue y si se mantienen relaciones sexuales con muchas mujeres y éstas son atractivas y más jóvenes. El hombre podía practicar la masturbación pero especialmente en la adolescencia y años más jóvenes. No debía expresar jamás los sentimientos de miedo, inadaptación, rechazo o abandono aunque si podía manifestar rabia o agresividad. En oposición, el hombre resultante de este planteamiento no debía ceder, jugar, dejarse llevar por los sentimientos, ser honesto con respecto a sus necesidades sexuales, dejarse acariciar, mantener relaciones sexuales no genitales, ser vulnerable, débil, receptivo, pasivo en las relaciones y no debía, entre otras múltiples indicaciones, responsabilizarse del control de natalidad. En la pareja puede buscar lícitamente ser admirado, obedecido o incluso el afianzamiento social.

A partir de aquí resulta sencillo imaginar el rol asignado al sexo femenino y la construcción de su sexualidad. Entre otras cosas, la mujer debía mostrarse insegura y tímida en las relaciones sexuales, sobre todo en las primeras ocasiones. Debía ser fuente de ternura, placer, comprensión y cariño. Mostrarse solícita siempre que el varón lo desee independientemente de su deseo. La masturbación, en su caso, simplemente no existe y no debía manifestar experiencia ni deseo sexual aunque lo haya. Puede hablar de sentimientos siempre que hagan referencia al miedo, la lástima, la culpa… pero no aquellos sentimientos que tengan que ver con valores asociados al varón como la ambición, la cólera o el resentimiento y, cómo no, le está permitido llorar en público.

Afortunadamente la primavera ha llegado y el sexo ha estallado en múltiples formas y colores. Aprendamos a reconocer, estimar, amar, desear nuestros cuerpos como la mejor estrategia para combatir los males del capitalismo posmoderno.

LA COEDUCACIÓN

Este artículo se publicó en Rioja2.com el veintiséis de noviembre de 2009. Recuerdo que entonces estaba hablando con mis alumnos jóvenes y adultos sobre las relaciones de género y que pocos sabían nada acerca de la coeducación, lo cual me animó a establecer las bases de un debate con este texto.

Un juez de la Audiencia de Cantabria absolvió la pasada semana a un joven de catorce de años de un delito de violencia de género hacia su novia al considerar que era un enamoramiento propio de adolescentes, sin proyecto de futuro, y que por tanto no era equiparable a la relación de pareja que exige el Código Penal. Por su parte, la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, señalaba esta semana que la violencia de género no es una cuestión de edad, corroborándolo a través de datos como el hecho de que sean más del 32% las órdenes de protección que provienen de mujeres menores de treinta años, en casos de violencia de género, o que el 17,7% de los hombres menores de esa edad piensa que ser agresivo les hace más atractivos, una opinión compartida también por un 4% de las mujeres.

Si todos estos jóvenes han nacido en democracia y se han beneficiado de las conquistas sociales de sus padres en materia de igualdad, qué ocurre o qué ha ocurrido para que persistan las actitudes y comportamientos propios del más rancio machismo de los tiempos de la dictadura. A mi modo de ver falta formación, socialización en los valores propios de la coeducación.

Pero para que el modelo educativo igualitario, para que la coeducación tenga impronta entre los jóvenes, no es suficiente que alguien se encargue de impartir clases de igualdad, ni tampoco que se implante una asignatura sobre igualdad en un curso concreto, sino que es necesario que los valores de la igualdad impregnen los programas educativos de cada centro durante toda la vida escolar, de modo que la formación del alumnado tenga siempre un horizonte igualitario. Y también es necesario que en el seno de los hogares se negocie la participación corresponsable en todas las actividades desarrolladas en su interior sin distinción de sexo o edad, pues es en el interior de los hogares donde mejor se puede llevar a cabo esta formación, esta socialización en la igualdad.

Recientemente se preguntó a más de doscientos jóvenes universitarios de entre 18 y 29 años por su participación en las tareas domésticas, y especialmente en la limpieza de los cuartos de aseo y baño, y más de la mitad (hombres y mujeres) no habían llegado a ningún acuerdo de corresponsabilización en dichas tareas, principalmente entre los más jóvenes. Tan sólo entre aquellos que habían iniciado una relación de pareja habían negociado su participación en el desarrollo de estas tareas, sin adscribirlas a un determinado sexo, como sí ocurría entre los más jóvenes, que declaraban no haber realizado otras que las asumidas por mandato. Pero aún hay más, cuando se les inquiere por su educación sentimental y afectivo sexual, pocos, muy pocos la han recibido en sus hogares y ninguno en el sistema educativo, si obviamos las charlas de una hora o los folletos que se dieron en algunos centros.

Hay un gran desconocimiento del valor de la coeducación y sobre todo no hay una praxis de la misma, dejando todo, como la economía, al socaire del mercado que sigue promoviendo el sexismo para la venta de sus productos. Y al socaire de los fundamentalistas de aquellas organizaciones religiosas contrarias a la igualdad, que imparten doctrina, no desde los púlpitos, sino desde los estrados de las escuelas, imponiendo un modelo que hunde sus raíces en la discriminación en función del sexo. Por todo ello es bueno que haya materias cívicas, de moral y ética cívica, como cuando se desarrolle y extienda por todo el curriculum escolar la “Educación para la ciudadanía”, pero también que los principios y los valores de la coeducación impregnen todo el sistema educativo, extendiéndose finalmente a los hogares y las familias.

En cierta ocasión (Giró, 2005) señalaba que la coeducación acepta la diferencia de hombres y mujeres y parte de ellas, pero no las jerarquiza. Integra los aspectos valiosos de ambos géneros y fomenta el desarrollo de todas las personas. En este sentido, la coeducación se fundamenta en el desarrollo de las habilidades para la vida tanto en las chicas como en los chicos, de forma que se puedan compartir corresponsablemente los espacios públicos y privados. Que las chicas asuman los conocimientos que precisan para desenvolverse con éxito en la vida pública, como que los chicos adquieran aquellas habilidades que son imprescindibles para actuar de manera autónoma y solidaria en las distintas esferas de la vida privada. Porque la coeducación es educar a los chicos y chicas de modo que puedan establecer en su momento unas relaciones sin que se genere dependencia de ningún tipo, ni de cuidado personal, ni emocional, y promoviendo que desde la autonomía personal se pueda vivir una interdependencia sana y adulta.

EVIDENCIAS Y SENTIDO COMÚN

Este artículo se publicó en Rioja2.com el 19 de noviembre de 2009. Mi intención fue evidenciar que los políticos hacen alrde de cosas de sentido común entre la ciudadanía, como si con sus anuncios nos cayéramos de un guindo.

No hay nada más sorprendente entre las noticias que ofrecen los medios de comunicación que el modo de presentarlas. La oferta de una visión extraordinaria de cuanto acontece en la vida cotidiana, como si la ciudadanía no se percibiera de los aspectos que la rodean, es apelar a su carencia de juicio, o a su déficit intelectual. Es como si aquellas cosas que forman parte del denominado sentido común, tuvieran que ser tratadas como los objetos propios de una investigación sociológica o como si se tratara de acercarse a un fenómeno insólito e inimaginable.

Los ciudadanos, cuando contemplamos los fenómenos sociales nos contemplamos también a nosotros mismos por cuanto formamos parte de ese mundo. Vivimos en él y lo miramos y nos expresamos sobre él con imágenes y signos que tienen, en cierta forma, una existencia separada de nosotros, pero que constituyen parte de la percepción que tenemos de la realidad y de nosotros mismos con ella. Son, por así decirlo, los componentes fundamentales del sentido común con que nos conducimos en nuestra vida social cotidiana.

Todo este chorreo acerca del sentido común y de cómo éste nos permite discernir acerca de las cosas que ocurren a nuestro alrededor, viene al caso de la noticia que ofrecía esta semana el Consejero de Hacienda sobre la bondad de la inmigración en el desarrollo socioeconómico de La Rioja, tras publicar su primer estudio estadístico. Quizás debiera darle un resumen a su patrón el Presidente Sanz, cuando este manifestaba en vísperas electorales que habrá que limitar la llegada de extranjeros si no queríamos agotar los recursos de nuestros servicios de bienestar. Pues bien, ahora resulta lo evidente, lo que no veía el mensaje populista en sus invitaciones a la xenofobia: que los inmigrantes y extranjeros residentes en La Rioja consumen recursos sociales en menor cuantía que los autóctonos, y que su aportación a las arcas del común de ciudadanos riojanos es muy superior a sus gastos.

Gracias a ellos crece nuestra productividad, nuestro bienestar y nuestro futuro. Y todo esto lo sabíamos desde el momento en que aprovechamos su llegada para solventar la regresión demográfica y cubrir las deficiencias de nuestro sistema de distribución de recursos sociales y de bienestar, como la atención a las personas dependientes, la ocupación de los roles tradicionales de género cuando las mujeres autóctonas se incorporaron al mercado laboral, el empleo indeseado por los trabajadores riojanos, principalmente en la agricultura, la construcción y ciertos servicios, así como su mestizaje a través de los matrimonios mixtos, la diversidad en la escuela, y los elementos de su cultura más favorables a la penetración entre nosotros, como la gastronomía, la música, el baile, etc.

Todo ello son evidencias, propias del sentido común, de un mejor entendimiento y conocimiento de la realidad social y de nosotros mismos. Así que, si alguien descubre el Mediterráneo, que se moje.