OBSERVACION PARTICIPANTE

El cuatro de octubre de 2009 publicaba este artículo en Larioja2.com

La observación participante como técnica científica nos la ofrece Bronislaw Malinowski en la introducción a su libro “Los Argonautas del Pacífico occidental” (1922), donde señala, entre los principios metodológicos, que el investigador debe colocarse en buenas condiciones para su trabajo; es decir, lo más importante de todo es no vivir con otros blancos, sino entre indígenas. Y con ese propósito he trabajado desde que me entusiasmé con la investigación social, no vivir solo entre los de mi familia, mis amigos o con los grupos con los que me identificaba, sino vivir entre indígenas como un indígena más, bien sea en el monte con los pastores, en la construcción con los albañiles, o en la ciudad con los jóvenes, con los inmigrantes, los viejos, las mujeres, etc.; es decir, siempre en el lugar del otro, de modo que pudiera entender y explicarme al otro o a los otros (los indígenas).

La observación participante es una técnica que consiste en participar en la vida normal de la comunidad, observando las actividades cotidianas de la gente que en ella vive, y obteniendo una visión desde adentro de la situación; es decir, comprendiendo las razones y el significado de las costumbres y prácticas, tal y como los individuos y grupos estudiados las entienden. Como es una técnica que consume tiempo, me he visto obligado a variar los métodos de observación, el tipo de observación, el grado de participación y los temas de análisis, si bien es verdad que todo ello ha contribuido a ampliar mi campo de observación interrelacionando a los diferentes actores y grupos de actores. Toda participación es antes cultural que social, y aunque eso no ha evitado que me pringara en todo tipo de movidas, el distanciamiento con respecto a los intereses de los actores me ha garantizado siempre una libertad de movimientos que no se pueden permitir a sí mismos los propios actores, y en un tiempo en que las relaciones se dan en un marco global, la libertad es aún más estimulante.

Precisamente en el marco global, esta semana la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de Naciones Unidas señalaba que durante 2008 la producción agrícola subsahariana experimentó un crecimiento del 3,5% tras pasar varias décadas de declive, aunque este porcentaje no ofrece aún la solución para un continente cuyo 30% de la población sufre de hambre y malnutrición crónica. Sin embargo. este informe no señala si el crecimiento en la producción se produjo gracias a la compra masiva de hectáreas de tierras productivas por China y otros países que buscan garantizar los productos de primera necesidad para sus ciudadanos; o si se debe a los préstamos realizados por los países desarrollados para adquirir la maquinaria, los fertilizantes o los sistemas de regadío que ellos mismos les venden. Tampoco sabemos nada acerca de si ese aumento de la producción se debe a la eliminación de algunos de los muchos aranceles que gravan la exportación de los productos agrícolas subsaharianos, ni tampoco si se ha producido un cambio en el monocultivo impuesto por las multinacionales de la alimentación en favor de la diversidad.

De lo que sí sabemos, porque lo tenemos muy cerca, es que las subvenciones a nuestra agricultura y a nuestros agricultores se mantienen y se mantendrán frente a la competencia que pudieran hacer los países en vías de desarrollo con su riqueza ambiental y con su producción agrícola. Nosotros nos podemos permitir tirar toneladas de alimentos a la basura y venderles los excedentes, pero impedimos que sus productos lleguen a nuestros mercados si no es a precios propios de los artículos de lujo. Olé, y qué siga esta estrategia colonialista, mientras dure.

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